EL COMIENZO
7 am. Y se terminó la cuenta regresiva, nos encontramos en Aeroparque y a despachar las cajas con las bicicletas, siempre con un miedito de que no nos dejen llevarlas sabiendo lo pensadas que son, pero la chica que nos atiende lo hace con toda la onda y no hace objeción por los 35 kg de cada caja y el agregado del tráiler, viaje por deporte decía en los pasajes, lo que nos aumentaba el peso a llevar.
La puerta 10 se abría cuando nos acercábamos y sin detenernos ya estábamos en nuestros asientos del avión. A las 8:30 nos elevamos hacia un vuelo tranquilo de un poco más de 2 horas donde alcanzó para que nos dieran una rica merienda.
Ya en el aeropuerto de Esquel la cordialidad de la gente se hacía notar, algunos se acercaban a preguntar que íbamos a hacer y a desearnos suerte. En el estacionamiento emprendimos el armado de las bicicletas, al mirar hacia la ventana del lobby del aeropuerto nos sorprendió como la gente nos observaba como si fuésemos unos locos aventureros, bueno… que lo crean, en cierta forma lo éramos. En pocos minutos la lluvia se hizo presente y nos obligó a meternos en una carpa que servía de expansión al lobby. Entre mate y mate teníamos todo listo para iniciar el pedaleo, sería de unos 25km hacia el Hostel Planeta en el centro de Esquel. Frio, lluvia y viento la receta para un viaje sacrificado, pero no fue así, la ruta rodeada de bellas montañas nevadas nos llenó de placer y entusiasmo.

Como toda estrella Esquel hace su aparición de repente cuando llegamos a una imponente bajada, paramos para fotografiarla y al mirar el cielo se mostraba, de un lado, amenazador, gris, oscuro y del otro celeste, luminoso como si nos diera a elegir, pero eligió el, la lluvia comenzó otra vez y con más intensidad como para que lleguemos al hostel muy mojados, algo que padeció el conserje cuando le ensuciamos el piso al entrar con las bicicletas.
Pusimos la ropa a secar mientras Dan y el Gato compraban fideos para el almuerzo, luego recorrimos el centro de Esquel y al volver, el rico aroma de una panadería nos tentó y llevamos facturas para los mates.
A TREVELIN
Tempranito, a las 8 nos levantó el BB de Rafa, desayunamos y nos alistamos para ir a Trevelin. Por suerte un lindo día, algo nuboso y 25km de la ondulante y asfaltada ruta 259. Nos saludábamos con casi todos los automovilistas, rafa comenzaba a amigarse con su tráiler con el cual era muy difícil hacer equilibrio. Nos mantuvimos bastante juntos en el trayecto y no nos apuramos a la hora de para para sacar fotos, hidratarnos y charlar. Poco después del medio hacíamos la entrada , por una hermosa plaza circular, a la pintoresca Trevelin, a pocas cuadras después de subir una muy pronunciada loma nos alojamos en Casa Verde Hostel, una gran cabaña de troncos oscuros en medio del verde césped donde se podía contemplar el pueblo y los picos nevados. Carlos, nos alcanzó reposeras y bajo el brillante sol nos deleitamos con el paisaje que teníamos a nuestra merced.
Después de unos sanguchitos nos fuimos a cumplir el plan de visitar la represa pero le pifiamos en un cruce y terminamos cerca de las cascadas de Nant y Fall, así que decidimos no retroceder e ir hacia ellas. El desvió decía 4km apenas, ripio y subidas extremas se convirtieron en nuestro pequeño sufrimiento y diversión. Todos menos el Gato teníamos trabas en los pedales y no mucha experiencia en destrabarnos. Juan fue el primero en padecerlas, en la primera subida empinada quiso bajar cambios y se le salió la cadena, no pudo apoyarse y cayó, como estábamos a mitad de la subida siguió rebotando de culo hacia atrás. Quemando los cuádriceps llegamos a la entrada de la pasarela a los diferentes saltos de la cascada, la recorrimos caminando lo cual hizo valer la pena el esfuerzo.
Al volver al hostel nos bañamos y a cocinar una simples hamburguesas mientras charlábamos con Julieta, maestra ella de profesión quien vino a vivir a trevelin con Carlos desde bahía Blanca, súper amables y amigables los dos. Como se hacía habitual, con mucha hambre devoramos la comida en tan cálido ambiente y después a tratar de dormir. La habitación era para 6, asi que teníamos otro huésped, alquin por el cual todos apostaban que era un gran roncador. A las 5 volvió de un bar, instantáneamente comenzó su insoportable concierto, claro que antes estuvieron como grupo soporte Dan y Juan.
AL PARQUE LOS ALERCES
Luego de una particular noche, la Patagonia nos despertaba con un día espectacular, apenas algunas nubes en el cielo. En el frio de la mañana iniciamos el pedaleo al Parque Nacional Los Alerces, tomamos un atajo para no tener que volver a Esquel. La dificultad de la ruta de ripio se hizo notar, sobre todo para Rafa que ahora con el carro tenía que tomar las largas subidas.
Empalmamos la Ruta 71 y todo cambió: asfalto, sol, montañas y mucho verde nos llevó al extremo nuestro entusiasmo. Al llegar a la entrada al parque cargamos las cantimploras con agua fresca de deshielo. El Guarda parque nos dio indicaciones y supuestamente nos consiguió cabañas donde alojarnos ya que era fuera de temporada y estaba casi todo cerrado. 8 km antes de llegar a las cabañas nos desviamos hacia Villa Futalaufquen, un pueblito a la orilla del lago de mismo nombre donde casi todos sus habitantes trabajaban el Parque. Eran las 4 de la tarde y nosotros hambrientos; Marta, la dueña del almacén, no nos quiso cocinar pero nos vendió fiambre y un pedazo de pan. A 1200m estaba la playa donde comimos en un entorno inigualable.
Al terminar el relax y la minisiesta tomamos otra vez la ruta, de ripio ahora, con destino a las cabañas que nos habían reservado. Cansados llegamos y ahí se inició uno de los momentos más difíciles cuando nos dicen que estaba todo ocupado y que no tenían reservas hechas, nos aconsejan hacer 1km más y preguntar. En el otro lugar, cerrado, nos dicen: pregunten 3km mas adelante. Algo que se siguió repitiendo, la última desazón fue al llegar al camping de los bancarios que también estaba cerrado. Resignados y tratando de elevar el entusiasmo nos dispusimos a armar la carpa junto al lago en un atardecer muy frío. Fue en ese momento que llegó Cachila, quien cuidaba el camping, amablemente nos dejó pasar la noche en el quincho del lugar. Nuestra cena no fue muy apetecible, solo teníamos chocolate y golosinas, pues también las proveedurías estaban cerradas. A dormir en las bolsas sobre un frio piso de cemento pero frente a un fuerte fuego que solo duro 1 hora, después era dormir sobre un glaciar. A las 6:30 am me levanté para buscar en el bosque leña y encender la hoguera, sabía que si no calentaba el ambiente iba a ser difícil levantar los ánimos para el duro trayecto que nos esperaba.
A VILLA LAGO RIVADAVIA
Solo con unos mates en el estómago seguimos recorriendo el Parque Los Alerces. Por supuesto la belleza del camino y la buena compañía seguía haciendo placentero el pedaleo. Los chocolates, los Gu (gel para deportistas) y los mates a la veda de una arroyo nos daba las calorías para seguir, pero el deseo de una buena comida nos apuraba a llegar a Lago Verde donde los letreros prometían una buena casa de té. El intenso verde esmeralda del agua hizo el anuncio de que estábamos llegando a Lago Verde, antes de ir a la casa de té recorrimos la imperdible pasarela colgante donde podíamos apreciar uno de los mejore paisajes de la Patagonia. Abajo, en las cristalinas aguas, las truchas permanecían aparentemente inmóviles, como haciendo burla ya que en esa época estaba prohibido pescar.La Negra se hizo presente y nos llenamos de provisiones, nos indicó donde alquilar una cabaña frente al rio y después de unos urgentes sanguchitos al borde de la ruta nos alojamos. Un baño reparador, la noticia, que nos daba Vivi, de que River había ganado y una cena caliente convirtió lo vivido ese día en una linda experiencia.
A CHOLILA
Lo positivo de nuestro pesar por estar casi todo cerrado en P N Los Alerces, fue que adelantamos camino según lo que había planeado, por lo tanto nos esperaba un trayecto corto hacia Cholila. El odioso ripio, para el Gato, nos acompañó hasta entrar al pueblo de Cholila, este se convirtió en una gran avenida, exageradamente ancha para la cantidad de vehículos que había en el pequeño pueblo. Lo cruzamos totalmente y a las afueras nos esperaba Lilia en la Hostería el Trébol. Habitaciones dobles de gran nivel, parque bien verde con vista al lago, la amabilidad y dulzura de Lilia que nos trató como si fuésemos sus nietos, hasta nos lavó la ropa, hicieron del lugar nuestro favorito del viaje.
Enseguida, tras nuestra malaria de buena comida, nos fuimos al centro y en el comedor de Chany, frente al hospital, nos dimos el gustazo de comernos unas buenas milanesas a la napolitana con fritas. Por la tarde junto al muelle del Lago Pellegrini, a solo 300m de la hostería, nos reunimos para una mateada, la que continuamos en el living de Lilia mirando televisión. Después de bañarnos, en una fría noche, nos pasó a buscar un remis y otra vez al centro, a la rotisería de Yoly, quien también pareció adoptarnos y nos invitó a comer en su cocina y otra vez milanesas a la napolitana, salvo el gato quien comió unos fideos blancos por su ¨flojera de estómago¨.![]() |
| Entrada a Cholila |
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| Hosteria El Trebol |
A EPUYEN
En la mañana Lilia nos sorprendió con el mejor de los desayunos, hasta una jarra entera de jugo de naranja recién exprimido y colado. Nos despedimos con ganas de volver algún día, luego pasamos por lo Yoly a retirar unas empanas para el almuerzo y a pedalear a Epuyén.Nos prometieron 8km de ripio los cuales se convirtieron en sufribles 16km, piedras grandes dificultaban el equilibrio. 46km, ya en la legendaria ruta 40, y nos desviamos al pueblo de Epuyén, teníamos reservas en el Refugio del Lago. Al llegar nos atendió Jack, un francés de apariencia muy extraña, vestía un viejo mameluco que le quedaba corto y lo hacía ver un poco ridículo, en su tono nativo nos decía que estaba haciendo unos arreglitos y que su mujer, Sophie, se encargaba del hospedaje. Como ella no llegaba nos mostró la ¨cabaña”, literalmente un rancho, Rafa decía: zarpada de flaca. Era muy precaria, tratamos de ponerle onda y ver lo pintoresco de la casa. A solo 30m, por el parque, se encontraba el muelle sobre el Lago Epuyén, donde Juan, como siempre, nos invitó con sus mates mientras contemplábamos las montañas apagadas por una neblina provocada por la llegada de cenizas. Rafa se retiró cabizbajo a bañarse, yo quería recordar el lugar con una sonrisa, por eso fui a buscar unas paletas que había visto antes y tomé una canoa que había en la orilla, junto a Juan nos adentramos en el pacifico lago, luego se bajó Juan y subió el Gato, yo aproveché para subir mi cámara también. Cuando Jack y su mujer nos vieron, vinieron y nos cagaron a pedos, yo le resté importancia, la vista y la paz que sentía en ese lago no me la iban a quitar. Tampoco podíamos volver ya que no queríamos que vieran que les habíamos sacado las paletas.
A LAGO PUELO Y EL BOLSON
A la mañana siguiente, en el desayuno totalmente casero, Sophie nos indica un atajo para retomar la ruta 40 hacia Lago Puelo. Por primera vez todo el trayecto sobre ruta asfaltada, una gran bajada hasta la entrada al pueblo establecieron algunos records de velocidad en nuestro viaje. Buscamos un supermercado donde comprar alimentos y nos dirigimos al lago Puelo para relajarnos y almorzar. Las obras del nuevo muelle afeaban un poquito la hermosa vista del lago y los picos que lo rodea, los chicos se toman un tiempo después de la comida para hacer una siesta sobre unas maderas a la vista de los turistas que comenzaban a llegar para hacer picnic en las playas.
18km a El Bolsón, en la ruta pasamos el límite de Chubut a Rio Negro, el contraste es muy notorio, las calles ya se ven deterioradas, los pastos muy desprolijos pero la hermosura de los paredones que forman las montañas no cambia. Antes de alojarnos nos detenemos a comprar cremitas para la cola de Rafa, que sentía que el asiento de la bicicleta estaba adentro de él.
Julio, el encargado del Hostel Refugio Patagónico, nos llevó a nuestra habitación en el 1º piso y otra vez la rutina del aseo personal y una buena cena, esta vez Rafa cocinó unos ravioles con crema y jamón, lo acompañamos con unas cervezas reparadoras musculares, tal como nos aconsejó Jack en Epuyén.A EL FOYEL
Una mañana fresca, aprovechamos un buen inflador que tenía Julio y estamos listos para ir a El Foyel. Solo 45km, pero sabíamos que el pequeño pueblo rutero se encontraba varios metros arriba y por lo tanto la dificultad aumentaba. Costeando 1º el rio Quemquemtreu y luego el rio Los Repollos recorrimos una ruta donde predominaba la cuesta arriba e hizo que fuese unos de los días más exigentes. El alivió llegó al ver la Confitería El Foyel donde, como hace 2 años, nos recibió Mirta y nos brindó sus nuevas habitaciones sobre la confitería. Para la cena cruzamos la ruta, en una noche muy estrellada, hacia un restaurant donde solo estaba la dueña con sus hijas y también aprovechamos una de las escasas posibilidades de mirar televisión. Una noche de muy buen descanso ya que en mi habitación doble no tenía que soportar los ronquidos de Juan y Dan.


A BARILOCHE
Después del gran desgaste que tuvimos en camino a El Foyel, el miedo se hacía presente por los 80km que nos esperaban a Bariloche. Yo trataba de poner optimismo diciéndoles que Bariloche quedaba más abajo y predominarían las bajadas, el Gato nos advertía que si se complicaba la cosa no dudaría en pedir un aventón. Iniciamos tranquilos el viaje, una bajada incesante de 10 km nos entusiasmó pero la misma distancia le siguió en subida.
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| Ruta 40 |
Entramos a Bariloche, no fue la más glamorosa, primero un gran basural sobre nuestra izquierda y después el fuerte viento levantaba la ceniza y hacia casi nula nuestra visión. Tenemos internamente una llegada triunfal al hostel, habíamos cumplido con nuestro objetivo y lo celebramos con un abrazo grupal. El Gato se percata de su “suerte”, había pinchado justo al llegar. Cena de chorizos con puré y muy cansados, como para ir de bares, nos vamos a dormir.
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| Chocolateria |
Al día siguiente suspendemos el paseo por el Circuito Chico, la llovizna y luego la gran cantidad de ceniza que no era aconsejable respirar, hicieron que tomemos esa decisión. Aprovechamos el tiempo libre para pasar por Aerolineas y retirar los tickets para que nos lleve, al otro día, un micro al aeropuerto de Esquel, luego compramos cajas para las bicicletas para tener todo ya empacado.
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| Familia Weiss |
Al medio día fuimos a celebrar la culminación de nuestra odisea al restaurant de la Familia Weiss. Cordero patagónico a la cazadora pedimos con Juan y Gastón, Rafa bondiola y Dan unos ravioles de salmón. Le siguió unos apetitosos postres y relax en un cálido ambiente frente al Lago Nahuel Huapí. Tras el día libre no teníamos excusa para no ir a tomar algo a la noche a un bar y seguir con el festejo, cada uno con su remera alegórica al evento.
LA VUELTA A ESQUEL
2 remises nos llevan al aeropuerto con nuestras bicicletas ya embaladas, para tomar el micro. Un recorrido que nos mostró, en cámara rápida, parte del recorrido que habíamos transitado.
Enseguida, al llegar, nos hacen saber que los vuelos estaban cancelados por la ceniza en suspensión y que no había certeza si al otro día se reanudarían. Decimos volver al hostel donde inició esta aventura, en la ciudad de Esquel. Varias personas más decidieron también ir a Esquel, por esto escasearon los taxis que cumplirían nuestro objetivo. Con la paciencia y el relajo que nos había enseñado los días conviviendo juntos, nos acomodamos en la entrada al aeropuerto a tomar mates y esperar que llegué algún taxi desocupado. Vemos salir una camioneta, era muy tentador su tamaño para pedir un aventón. Paró, la manejaba Mara, una holandesa que no podía disimular ser extrajera por su tono. Ella se dirigía a Bariloche frustrada por no poder recibir a unos clientes que venían de El Calafate. La convecinos que era mejor idea que venga con nosotros a Esquel y evitar hacer tantos kilómetros al día siguiente, muy amablemente asiste y emprendemos los 25km a la ciudad.
Enseguida, al llegar, nos hacen saber que los vuelos estaban cancelados por la ceniza en suspensión y que no había certeza si al otro día se reanudarían. Decimos volver al hostel donde inició esta aventura, en la ciudad de Esquel. Varias personas más decidieron también ir a Esquel, por esto escasearon los taxis que cumplirían nuestro objetivo. Con la paciencia y el relajo que nos había enseñado los días conviviendo juntos, nos acomodamos en la entrada al aeropuerto a tomar mates y esperar que llegué algún taxi desocupado. Vemos salir una camioneta, era muy tentador su tamaño para pedir un aventón. Paró, la manejaba Mara, una holandesa que no podía disimular ser extrajera por su tono. Ella se dirigía a Bariloche frustrada por no poder recibir a unos clientes que venían de El Calafate. La convecinos que era mejor idea que venga con nosotros a Esquel y evitar hacer tantos kilómetros al día siguiente, muy amablemente asiste y emprendemos los 25km a la ciudad.
En la cena conocemos a un matrimonio, el portugués y ella belga, con su hijo de apenas 6 meses, entusiastas viajeros nos cuentan sus vivencias. Luego se insertan en la amena charla 3 españolas vascas, simpatiquísimas jubiladas que se tomaron más de 4 meses para recorrer la Argentina. Un francés hace su llegada de la mejor forma, poniendo 2 cervezas sobre la mesa para invitarnos y acoplarse a la gran mesa donde los chistes y el doble sentido de las españolas, sobre todo, arrancaban carcajadas a todos.
A CASA
Al día siguiente, al llamar al aeropuerto, nos enteramos que se habían reanudado los vuelos. Teníamos que ir temprano y tratar de conseguir pasajes ya que los vuelos estaban agotados de antemano. Mara nos lleva y ya en el aeropuerto se hizo más fácil de lo que pensábamos conseguir lugar en el vuelo del mediodía, los empleados del lugar nos recordaban y disimuladamente nos llaman a un costado y nos dan los pasajes. Nos despedimos de nuestra nueva amiga y tomamos el vuelo proveniente de El Calafate, con los clientes de Mara, y con destino a Ezeiza.
Se terminó un gran viaje, donde pudimos disfrutar de una partecita de la inmensa belleza de nuestro país. Sentirnos, gracias a las bicicletas, ser parte del paisaje y poder contemplarlo, olerlo y escucharlo sin que este sepa de nuestra presencia. Pudimos conocer y hacernos más amigos de nuestros amigos y valorar a los que dejamos en Buenos Aires y que estos nos valoren aún más por la incertidumbre de nuestro pesar. Comprobamos una vez más, que si le ponemos ganas y empeño podemos conseguir hazañas personales que creemos que solo grandes deportistas pueden lograr.
Por todo esto no dudo en pensar que cada uno de nosotros, después de este viaje, se siente “un campión de la vida”.

































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